miércoles, 3 de julio de 2013

HISTORIA DE LOS BARRIOS: RECOLETA.

 Aparece a fines del siglo XVIII, cuando las extensas chacras y quintas de la zona
  
 que lo formaron, comenzaron a dividirse y ser edificadas. En los primeros

 momentos de este barrio, a sus terrenos o lotes se lo denominaba "suertes" y 
  
 uno de los primeros dueños de algunas de estas suertes fue el propio Juan de

 Garay. El primer vecino fundador y alcalde de este lugar fue el Dr. Rodrigo Ortiz 

 de Zárate y según algunos datos anecdóticos de esta época, su hijo vendió sus 

 tierras a un capitán francés llamado Beaumont por unas ropas, es decir, no  

 consideró que este lugar tenía valor alguno y luego éste, como no le interesaban
  
 este tipo de posesiones, las permutó en el año 1608 por una tenaza, una peluca y  

 un abrigo común.  

 
 Poco después de este hecho se iniciaron los trámites para la construcción de un 

 convento para los padres Recoletos y un comerciante aragonés llamado Narbona, 

 se interesó por la construcción del mismo y además por hacer también una 

 iglesia. Primero, logró que le donaran los terrenos, luego edificó una gran casa  

 que, según los comentarios de esa época, tenía numerosos túneles que la 

 conectaban con la costa del río y por ellos se introducía contrabando de  

 mercaderías con las que consiguió hacerse de una gran fortuna. Una copla de la  

 época decía que "Narbona hizo a la Recoleta y la Recoleta hizo a Narbona". Por ser 

 de Aragón, Narbona hizo que la iglesia fuera dedicada a la Virgen del Pilar. 

 Toda la zona que rodeaba el Convento era ocupada por grandes quintas.  

 Comenzaban en las vecindades del Socorro y llegaban hasta la actual esquina de 

 Santa Fe y Canning. Típicamente estaban constituidas por una casa principal 

 espaciosa y baja, con columnas recubiertas por plantas de Santa Rita, Jazmín del  

 país o mosqueta y como un lujo el famoso mirador. Más al fondo se hallaba la 

 sección de peones y esclavos. Todos estos edificios se rodeaban de árboles de 

 sombra y frutales. Los jardínes eran motivo de orgullo de sus dueños. Los cercos

 exteriores tenían generalmente plantas espinosas o tupidas y en las más alejadas  

 del centro predominaban las tunas, por cuyo motivo se llamaban tunales a los 

 suburbios.


 
 El Cementerio nació junto con el Templo como camposanto. Durante la época de  

 Rivadavia el cementerio fue expropiado y se transformó en el cementerio del  

 Norte,y se lo comenzó a conocer como Recoleta. Durante la epidemia de fiebre 

 amarilla en 1871 se prohibió el entierro de las víctimas en estos predios aunque  

 sus  familiares poseyeran tierras reservadas en el mismo. Cuando Torcuato de 

 Alvear fue intendente se remodeló el cementerio, y se construyó la entrada que  

 hoy posee. 
                           


 


 Como todo cementerio, tiene numerosas leyendas e historias acumuladas a través
 
 de los años. Se dice que uno de los cuidadores del cementerio un tal señor Aiello,
 
 resolvió construir en él su propia tumba para lo cual ahorró suficiente dinero viajó 
 
 a Génova y encargó un altorrelieve donde aparece con sus herramientas de  

 trabajo. Una vez colocado en la bóveda, quedó tan enamorado con su obra que 

 para poder ocuparla no tuvo otra idea mejor que la de suicidarse. En la Recoleta  

 están enterradas grandes personalidades del país, menos Rivadavia que la creó y
 
 el Dean Zavaleta que la consagró. Debido a la aparición de un saladero y un  

 matadero de ovejas la zona, que era de grandes quintas, se fue poblando de 
  
 ranchos todo a lo largo del río y a veces en las crecidas de éste venían camalotes
 
 con animales como dos yaguaretés. Uno de ellos atacó a un caballo para 
 
 comérselo, luego apareció frente a una pulpería llamada "Pobre Diablo" donde lo  

 mataron a tiros. Se cuenta que el pulpero guardó la piel del felino y la mostraba a 

 los vecinos para que se acordaran de su hazaña. El barrio fue creciendo y cuando  

 el Dr. Alvear fue intendente se trazaron las avenidas importantes y se 
 
 construyeron grandes casonas y palacetes, los que actualmente perduran en este
 
 barrio. Debido a la cantidad de mendigos que habitaban esta área, se creó el 
 
 Asilo donde hoy se encuentra ubicado el Centro Cultural Recoleta.
 
  
Si a la Capital Federal se la destacó siembre por su gran encanto y variedad de 

árboles que la adornaban, La Recoleta es uno de los mejores ejemplos, ya que 
 
algunos tienen más de 200 años de antigüedad entre los que destacan los dos
 
gomeros localizados frente a la Iglesia del Pilar. Estos dos hermosos árboles son
 
apreciados en todo su esplendor desde uno de las esquinas más famosas del  
       
 barrio donde se encuentra El Café de la Biela.  

 
Tomó su nombre sel Convento de Recoletos Descalzos, levantado en una chacra 

 llamada “Los Ombúes”, que recibió el vecino fundador y primer alcalde, Rodrigo  

Ortiz de Zárate, en el reparto de tierras hecho por el general Juan de Garay el 
 
1583. 

Por el consiguiente, se hallaba fuera de la traza de la ciudad, y al momento de 
 
fundarse el Monasterio correspondía al pago de Montes Grandes, luego San 

Isidro, siendo por muchos años uno de los arrabales, con características rurales 
 
por lo despoblado y solitario.
 
Al aumentar la edificación y establecerse el matadero proliferarion los llamados 
  
“orilleros”, que se juntaban en las pulperías y reñideros de gallos de sus cercanías,  

convietiéndolos en clubes populares, donde pasaban el tiempo entregados a la 
 
bebida, oyendo payadas, jagando a la taba o a las cartas, y discutiendo asuntos
 
del día que despertaban su interés.
 
 
Esos lugares servían también para que vagos y maleantes se reunieran con el fin 

de concertar alguna fechoría a realizarse en lugar más o menos cercano, 
 
descontando la impunidad merced a los recursos para esconderse y escapar, que 
 
ofrecían la oscuridad del barrio, los huecos, túneles y zanjones existentes. 

 
Por todo ello, desde el anochecer, salvo en caso de necesidad ineludible, nadie 

cruzaba por allí, temeroso de sufrir un asalto o, por lo menos, pasar un susto
   
 dado por ratero o bandidos, quienes se valían de cuanto medio puede imaginarse
 
 para alcanzar el logro de sus empresas, explotando especialmente la ignorancia y  

 la superstición del vulgo, que permitían crear y divulgar leyendas y patrañas.

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